La deuda del Banco Central sigue batiendo récords: ya supera los $4 billones.

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Aumentó en 3,67 veces durante la gestión Fernández en relación al nivel que mostraba al final del mandato de Macri; su costo también creció 2,25 veces, pese a que la tasa promedio que devenga

16 de agosto de 2021

Javier Blanco

REDACTOR LA NACION

La deuda remunerada del Banco Central (BCRA) marcó un nuevo récord, al superar los $4 billones al cierre de la semana pasada. Ese enorme pasivo, muy criticado por Alberto Fernández durante la campaña que lo llevó a la presidencia (“Entre los bancos y los jubilados, me quedo con los jubilados”, fue uno de sus caballitos de batalla), creció 3,67 veces, en $2,92 billones, durante su administración: era de $1,09 billones cuando asumió y alcanzó los $4,01 billones el último jueves.

Su expansión fue tal que, aunque la tasa de interés que el BCRA paga cayó en 27 puntos porcentuales (de 63% al 36% nominal anual promedio, entre lo que abona por pases pasivos y Leliq) y se mantiene estable desde hace más de un año, el costo mensual de esa deuda aumentó de $52.100 millones a $117.300 millones, es decir en $65.200 millones, o 2,25 veces.

Lo que impulsó el crecimiento de $2,92 billones que mostró este stock en los 20 meses de gestión Fernández fue la enorme y sostenida emisión monetaria para financiar al Gobierno. En ese tiempo, el Ministerio de Economía, a cargo de Martín Guzmán, pidió y obtuvo asistencia financiera del BCRA por $2.844.182 millones ($2,8 billones): $757.220 millones en concepto de “adelantos transitorios” (AT) y $2,086 billones por la remisión de utilidades, que, en verdad, son el resultado de las devaluaciones del 50% y 40% que registró el peso en 2019 y el 2020, respectivamente.

La deuda remunerada del Banco Central (BCRA) marcó un nuevo récord, al superar los $4 billones al cierre de la semana pasada. Ese enorme pasivo, muy criticado por Alberto Fernández durante la campaña que lo llevó a la presidencia (“Entre los bancos y los jubilados, me quedo con los jubilados”, fue uno de sus caballitos de batalla), creció 3,67 veces, en $2,92 billones, durante su administración: era de $1,09 billones cuando asumió y alcanzó los $4,01 billones el último jueves.

Su expansión fue tal que, aunque la tasa de interés que el BCRA paga cayó en 27 puntos porcentuales (de 63% al 36% nominal anual promedio, entre lo que abona por pases pasivos y Leliq) y se mantiene estable desde hace más de un año, el costo mensual de esa deuda aumentó de $52.100 millones a $117.300 millones, es decir en $65.200 millones, o 2,25 veces.

Lo que impulsó el crecimiento de $2,92 billones que mostró este stock en los 20 meses de gestión Fernández fue la enorme y sostenida emisión monetaria para financiar al Gobierno. En ese tiempo, el Ministerio de Economía, a cargo de Martín Guzmán, pidió y obtuvo asistencia financiera del BCRA por $2.844.182 millones ($2,8 billones): $757.220 millones en concepto de “adelantos transitorios” (AT) y $2,086 billones por la remisión de utilidades, que, en verdad, son el resultado de las devaluaciones del 50% y 40% que registró el peso en 2019 y el 2020, respectivamente.

La fuerte depreciación del peso fue lo que le permitió indexar por esa misma proporción los papeles nominados en dólares que tienen en su activo (muchos de esos sin valor de mercado) para anotarse en el balance ganancias meramente contables, es decir, del tipo de aquellas que a la banca comercial no le deja repartir por razonables criterios prudenciales.

Claro que, como sabe que la emisión espuria no es inocua en términos inflacionarios (aunque en lo discursivo es difuso), el propio BCRA retiró del mercado casi todo lo que inyectó, la mayor parte colocando títulos a los bancos (Leliqs) o tomándole préstamos (pases pasivos), aunque otro 13,5% se esfumó por haber vendido dólares de sus reservas en el mercado (lo que le permite absorber pesos) o al sector público para que atienda pagos de deuda o importaciones de vacunas contra el Covid-19 o de energía, lo que supone una emisión sin impacto monetario, ya que se trata de divisas que se giran al exterior.

Pero la playa de estacionamiento alcanzó una dimensión tal que no hace más de erosionar la escasa confianza que los agentes económicos muestran hacia el peso, en un contexto de inflación que se mantiene elevada, pese a un dólar “pisado” y una infinidad de precios y tarifas congelados.

La cuestión es que, como en economía nada es infinito, eso queda reflejado en la deuda que asume el ente monetario, que adquirió un monto tal que supera en un 36% a la Base Monetaria (BM) que está hoy ubicada en $2,94 billones y, aunque subió 71% desde que asumió Fernández, lo hizo para mantener medianamente constante la oferta monetaria, considerando que en el período la inflación acumulada llegó al 68,9% según la evolución presentada por el IPC hasta julio último.

El resumen de datos -que se comprueban al acudir a la bases de estadísticas oficiales- solo muestra que la capacidad de esterilizar pesos del BCRA, en la medida en que no se reactive la demanda genuina de pesos, está desafiando sus límites, al afectar en modo visible un patrimonio que, se sabe, no es para nada saludable. Más aún cuando la política económica del Gobierno no logró generar credibilidad.

Para el economista Jorge Vasconcelos, investigador jede del Ieral de la Fundación Mediterránea, el aumento exponencial de la deuda revela el escaso compromiso que la clase gobernante tiene con la salud del peso y hacia el rol del BCRA. “El déficit fiscal, que se ha vuelto crónico, se financió con emisión en la primera versión del cepo, pero a un ritmo más acotado, y con deuda en el Gobierno de Cambiemos. Y ahora se financia con emisión y deuda, las dos cosas al mismo tiempo. El resultado de eso es la década de estanflación que vinimos y nos empobrece cada vez más”, describe.

Al respecto detalla que la “deuda remunerada del BCRA se incrementa algo más de US$20.000 millones al tipo de cambio oficial desde diciembre de 2019, y la deuda pública del Tesoro Nacional en otros US$20.000 millones desde diciembre de 2019 a junio de 2021 (pasó de US$323.000 millones a US$343.000 millones)”

Y puntualiza que el problema es esa dinámica que no se corta. “No es casual, sino causal, que cada presidente tenga una inflación más elevada en su primer año y medio de gestión. En los primeros 18 meses de Fernández, la variación mensual del IPC fue de 3,025%, con un anualizado de 43%; cuando en igual período posterior a diciembre de 2015 (Macri) la anualizada había sido de 32,2 % y del 24% en el último mandado de CFK”, detalla.

Estas cuestiones explican por qué la economía argentina se contrajo 16% en la última década, comportamiento que “no fue la norma en la región, donde el PBI per cápita creció 3,6% entre 2011 y 2019″, lapso en el que cayó 12% aquí, según hizo notar hoy en un informe la consultora Ecolatina.

Como resultado de este estancamiento, la Argentina cayó al puesto 175 sobre un total de 192 países incluidos en un ranking de crecimiento de la década en cuestión.

El nivel que alcanzaron los miles de millones de pesos estacionados en el BCRA afecta, además, a las expectativas inflacionarias y su crecimiento endógeno; es decir, por la contabilización del pago de intereses, pasó a ser un problema, porque crece a una tasa que se acerca ya al ritmo de la inflación (su valor real dejará de licuarse) y mayor al ritmo de ajuste que se permite del dólar oficial.

“Esto ya es un problema, porque es un aumento grande del pasivo del BCRA, con un activo muy pobre. Es lo que explica mucho de la filtración a precios y la incertidumbre que mantiene la economía”, suele explicar el economista Martín Vauthier, de EcoGo.

Javier Blanco

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