Respecto al tipo de cambio, Arriazu afirmó con sinceridad: «No sé si el tipo de cambio está en equilibrio o no. Lo que sí sé es que la devaluación no lo resuelve».
Ramiro Gamboa – 28 mayo de 2025

La sala del MALBA estaba colmada y esperaba con expectativa la continuidad de los paneles organizados por el Banco VALO para debatir el escenario económico argentino. Después de la apertura a cargo del secretario de Finanzas Pablo Quirno, quien se había disculpado por su evidente fiebre, subieron al escenario los protagonistas del siguiente panel: Marcos Ayerra, Secretario de la Pequeña y Mediana Empresa; Claudio Zuchovicki, presidente de BYMA, y Ricardo Arriazu, el economista más escuchado por el círculo rojo en 2025.
Arriazu, asesor del Banco Central durante la última dictadura militar bajo la gestión económica de José Alfredo Martínez de Hoz, ideólogo detrás de la «tablita cambiaria» (ese esquema que buscó anclar el valor del dólar a una pauta de devaluaciones predeterminadas, pero que colapsó en los primeros años ochenta), no volvió a ocupar un cargo político desde entonces.
Pero es el economista más escuchado por decisores, inversores, líderes empresariales y referentes políticos. Habla con franqueza y con la contundencia de quien es sostenido por una larga trayectoria. Ocupa en la conversación pública un lugar que en otro tiempo pudo haber ocupado Carlos Melconian, aunque lo diferencia de él haber mantenido distancia con los partidos políticos. Al no haber participado de crisis recientes ni estar sospechado de favorecer a algún sector político en particular, sus opiniones circulan con el prestigio de quien habla sin el prejuicio del interés partidario.
Florencia Donovan, la moderadora, comenzó preguntándole por su diagnóstico actual sobre la economía argentina. «La economía argentina está en transición», comenzó Arriazu, «de una economía decadente, empobrecida e inflacionaria, hacia una economía promisoria, aunque todavía con muchas incertidumbres».
Según Arriazu, las preguntas que más suelen repetirse en sus diálogos con empresarios e inversores son: cómo detener la inflación, cómo volver al crecimiento, qué ocurrirá con el tipo de cambio, por qué esta vez será diferente y qué pasará con el cepo.
«La inflación no sólo hay que combatirla, hay que eliminarla completamente. Argentina es una economía bimonetaria», explicó, «y ése es mi punto clave, diferente al de muchos colegas». Añadió que la eliminación del déficit fiscal es esencial, junto con romper la indexación y armar fondos anticíclicos para afrontar las fluctuaciones internacionales. También destacó la importancia de resolver el «verdadero problema del país», la falta de competitividad debido al «costo argentino».
Sobre el crecimiento, Arriazu fue contundente: «Fortalecer las instituciones, aumentar la credibilidad, eliminar la inflación y liberar el espíritu creativo de los argentinos».
Respecto al tipo de cambio, Arriazu afirmó con sinceridad: «No sé si el tipo de cambio está en equilibrio o no. Lo que sí sé es que la devaluación no lo resuelve. Argentina es el segundo país con mayor devaluación acumulada después del Congo, y ni el Congo ni Argentina son ejemplos de desarrollo». Señala que el desafío real no es simplemente devaluar, sino reducir los costos internos que impiden la competitividad.
Sobre el cepo cambiario, Arriazu expresó una posición pragmática: «Soy enemigo total del cepo, aunque más enemigo soy del impacto social de sacarlo cuando no se puede. Básicamente, cuando llegó Milei al gobierno había deudas netas negativas de US$ 11.000 millones, además de US$ 20.000 millones de deuda por importaciones. Liberarlo abruptamente hubiera generado una hiperinflación automática».
Luego abordó una reflexión sobre la historia económica del país: «Lo diferente esta vez es que el equilibrio fiscal no depende del ministro convenciendo al presidente. Esta vez, si no hay equilibrio fiscal, es el presidente quien corre al ministro». Sorrouille convenció a Alfonsín de implementar medidas de ajuste fiscal, y la iniciativa duró un mes y medio; Cavallo convenció a Menem sobre la importancia del equilibrio fiscal y su plan estuvo marcado por la vigencia del presidente y no del ministro.
Arriazu también señaló que Argentina necesita reservas sólidas, específicamente «US$ 100.000 millones para garantizar la sustentabilidad futura». Y comparó que, aún con sus problemas fiscales, Brasil cuenta con US$ 370.000 millones de reservas. La explicación de Arriazu incluyó que la acumulación de reservas no vendrá sólo por la cuenta corriente, sino por la confianza que atraiga capitales del exterior. Aunque reconoció cierta euforia reciente por el acuerdo con el FMI, fue claro en señalar algo que particularmente no le gusta: las bandas cambiarias. «Que quede claro, no me gustan para nada las bandas. Creo que Argentina todavía sigue pensando en dólares y toda la incertidumbre del mes de marzo se registró en subas de precios, caída de actividad y pérdida de reservas».
Donovan volvió al ruedo al introducir un segmento breve de preguntas y respuestas después de la intervención de Arriazu. Donovan puntualizó: «¿Cuáles son los principales riesgos o problemas futuros del programa en la situación actual?».
Arriazu respondió: «Primero, una crisis internacional derivada de una combinación de guerra comercial y explosión política, similar a la que hubo en el año 1929. Es poco probable, aunque posible. Esta crisis bajaría los precios internacionales y los volúmenes de exportación, provocando deflación. El déficit comercial de Estados Unidos se deterioró 92% en el primer trimestre, debido al aumento de importaciones anticipándose a los incrementos de precios. En otras palabras, Estados Unidos se argentinizó. No sólo en términos de consumo, sino también en la política. Al final, todos responden a los mismos incentivos. Segundo, que nos equivoquemos en variables de corto plazo de carácter bimonetario. Argentina está creciendo desde abril a diciembre al ritmo del 10,6%; ahora mismo debe estar creciendo al 8%. No necesitamos incentivarla más, ya que eso podría generar aumentos de precios en dólares. Y tercero, el factor político argentino, que es, por lejos, lo más decisivo. El mundo no quiere solo un cambio de gobierno, quiere que cambien los argentinos».
El cierre fue con una nota optimista pero cautelosa: «Si Argentina impulsa sectores clave como la construcción y la industria del conocimiento, el crecimiento sostenido podría llegar al 5,5%». Consciente del escepticismo, Arriazu afirmó: «Si Argentina supera estos riesgos, hasta hace un mes veía 30% de probabilidades, ahora le doy 50%. Si logramos superar estas resistencias, nuestro futuro es promisorio y nuestros hijos no se irán del país».
Antes de concluir, añadió una reflexión sobre los desafíos del crecimiento: «En la medida que baje la inflación, va a comenzar a crecer el crédito, como ya está sucediendo. Esto impulsará la construcción y el empleo en ese sector. El sector privado resolverá gran parte de esto, aunque el país debe evitar bolsones de pobreza y descontento. Si se avanza demasiado rápido, corremos el riesgo de perjudicar a algunos inocentes. Si se avanza demasiado lento, podemos caer nuevamente en los errores del pasado. La pregunta clave es cómo encontrar el equilibrio».
Arriazu dejó el escenario en medio de un aplauso prolongado. Su diagnóstico severo, su mirada práctica y la solidez de sus afirmaciones marcaron el pulso de su intervención, quizá la más esperada de la mañana. Arriazu representa una de las voces más escuchadas. Sus perspectivas marcan la agenda.

