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“Es la etapa más costosa”La reorganización económica en familias con adultos mayores y el fin de la idea de herencia

 

Texto: Evangelina Himitian

18 de marzo de 2026

 

ace cuatro años, Manuela Efraim, de 58 años, tuvo que asumir las riendas de la economía de sus padres. Edgardo, de 84, se había olvidado las claves de las tarjetas y del cajero. Como su mente se quedó en blanco, pensó que era pasajero y no dijo nada. Manuela se enteró cuando descubrió que había cuentas sin pagar. Su papá, que siempre había sido tan prolijo con las finanzas, había entrado en una etapa de deterioro cognitivo. El manejo del dinero por parte de los adultos mayores, que llegan a edades cada vez más avanzadas, es solo uno de los dilemas que plantea la nueva longevidad en el plano económico. La mamá de Manuela no conocía las claves ni el circuito financiero de la familia. Hubo que visitar el banco, hablar con el contador y con el abogado para poder reorganizar la dinámica del manejo del dinero. El deterioro de Edgardo se fue profundizando, sobre todo después de que falleció Rita, su compañera de toda la vida. Hoy, Edgardo vive en la misma casa en la que Manuela creció. El neurólogo desalentó la idea de que se mude a un departamento. “Nos dijo que consultáramos a un ingeniero para que nos ayudara a hacer todas las adaptaciones como colocar sillas elevadoras en las escaleras, pero que mudarlo podía ser contraproducente. Sobre todo, porque él siempre nos dijo que no quería terminar sus días en un geriátrico. Siempre dijo también que quería mantener la prepaga y que usáramos sus ahorros para eso”, cuenta Manuela, que trabaja en la venta de seguros. No es sencillo. Para sostener esta dinámica, hoy cuentan con un régimen de tres cuidadoras, dos que se turnan de lunes a viernes, más una tercera que va los fines de semana. Además, una asistente gerontológica trabaja con él la estimulación cognitiva, “para que no esté todo el día mirando al techo o con la tele”, explica la hija. También tiene una terapista ocupacional para practicar ejercicios de musculatura. “La casa es un desfile de gente, todo el tiempo. Además de nosotros, los hijos y los nietos que tratamos de estar todos los días”, describe. “Realmente, agradecemos que papá haya sido previsor y haya podido llegar a estos años con ahorros. Porque, claramente, esta es la etapa más costosa de la vida. Y yo que creía que era la infancia, cuando tenés que pagar colegios, clubes, ropa y salidas. Los últimos años de la vida son los más caros de todos”, señala Manuela. Sabe que no todos los adultos mayores pueden contar con ese “colchón” que hoy permite que a su papá no le falte nada. “Creo que la gran diferencia ocurre cuando alguien llega a esa etapa con un resto y cuando no. Realmente, para nosotros, como hijos, teniendo nuestros propios gastos y manteniendo a nuestros hijos, sería muy difícil sostener esta situación”, se sincera Manuela. La vivencia de esta familia refleja uno de los tantos desafíos que representa para las sociedades modernas la nueva longevidad, un fenómeno abordado en sus diversas dimensiones desde esta serie de LA NACION.

Pagar una residencia puede costar entre dos y diez millones de pesos mensuales, si en cambio se opta por cuidadoras, hay que pensar en que cada sueldo promedio es de $1.200.000, además de los aportes y los reemplazos por licencias por enfermedad o vacaciones. El costo de una prepaga puede rondar los $400.000 y llegar al millón de pesos, según valores que manejan en el grupo Cuidar a Nuestros Padres, una comunidad virtual donde miles de miembros comparten sus experiencias. Y todo esto sin contar el mantenimiento de la casa, los gastos en medicamentos e insumos. Para muchas familias, incluso de profesionales con niveles de ingresos medios y altos, las cuentas no cierran. El dinero de la jubilación apenas puede representar una ayuda para los hijos que, en el mejor de los casos, se distribuyen los gastos equitativamente o de acuerdo a sus posibilidades.

“No existe el derecho a una futura herencia”

En este contexto, el concepto de herencia se resignifica. En caso de que haya dinero ahorrado, es lógico que sea utilizado por el adulto mayor en sus años de vida ganados. “Una de las figuras que está en crisis es la donación de los bienes a los hijos, una decisión que tomaban los mayores de clase media, pensando en el ahorro de tiempo y gastos de una futura sucesión. Hoy es prematuro tomar esa decisión a la edad jubilatoria. Antes la expectativa de vida de un varón era de 70 años y hoy en clases medias urbanas, supera los 80 largamente. ¿Cómo y con qué recursos se van a vivir esos años?”, apunta Leonardo Glikin, especialista en planificación patrimonial y sucesoria. La calidad humana y el tipo de vínculos construidos a lo largo de la vida quedan al descubierto en este momento crucial. “Suelo dar el ejemplo de una clienta que donó en vida sus bienes a una hija con la que no tenía muy buena relación. Aunque ella seguía viviendo en su departamento, tuvo un conflicto porque la atacaron unos perros, se quebró la cadera y, por el estrés postraumático, quiso vender para irse a otro edificio. La hija le dijo que no. Que ese era su departamento, que ya se lo había donado y que no quería venderlo”, relata Glikin. Para el abogado, frente a la nueva longevidad, no alcanza con la reserva de usufructo. “Las medidas tienen que tener el dinamismo suficiente para que la persona mayor pueda seguir viviendo de su patrimonio. Lo más recomendable es hacer un fideicomiso, donde la persona tiene la libertad para adoptar otro tipo de medidas. Puede establecer que los destinatarios finales van a ser los hijos o nietos, pero dejar en claro que el beneficiario del fideicomiso es el adulto mayor, o sea él mismo. Y que puede dar órdenes para que se venda y se destinen esos fondos a los gastos necesarios para seguir adelante con su vida”, explica. De acuerdo a su experiencia, la planificación patrimonial y sucesoria se instrumenta cada vez más, pero no de manera masiva. “Otra figura interesante es la renta vitalicia: una persona vende su inmueble a un comprador, lo sigue usando, y va recibiendo un ingreso todos los meses, por parte del comprador. Existe la figura en nuestra legislación pero tiene mala prensa porque han existido abusos. También se puede hacer una hipoteca revertida, que permite al dueño de la propiedad ir recibiendo mensualmente ingresos y después de su muerte los herederos tienen la posibilidad de levantar la hipoteca si quieren la propiedad o dejársela al banco”, señala. La lucidez de la persona mayor juega un rol central ante decisiones tan relevantes. “Frente al deterioro cognitivo, es importante diferenciar entre las situaciones en las que es necesaria una medida de protección y aquellas en las que los herederos quieren evitar que se gaste su herencia”. Este último ejemplo es el que exhibe la película 27 Noches, que aborda el caso de la escritora y pintora argentina Natalia Kohen, que fue internada por sus dos hijas en una clínica psiquiátrica para que no haga uso de la fortuna familiar en sus últimos años de vida. “No existe tal cosa como el derecho a una futura herencia”, remata Glikin.

 

La abogada Isolina Dabove, investigadora principal de Conicet y especialista en derecho de la vejez, menciona otra alternativa: directivas anticipadas o medidas de autoprotección. Es una idea que viene del derecho anglosajón, donde se usa la figura del “testamento para la vida” o “living will”. Se trata de una herramienta legal que se usa para que la persona establezca cómo quiere vivir sus últimos años. “Toda persona desde los 18 años puede dejar sentado por escrito ante un escribano con qué pautas quiere que se la trate si no puede responder por sí misma. Esto va desde seguir teniendo mascotas hasta que se respeten sus inclinaciones religiosas o cuestiones patrimoniales en las que dispone la administración de sus recursos para vivir de una determinada forma”, explica Dabove. “Otra herramienta más clásica para manejar lo patrimonial son los famosos poderes preventivos. También existen contratos de mandato, en los que se deja consignado ‘que tal persona me represente parar determinados movimientos económicos’. Todo queda por escrito, estableciendo con qué fondos se va a sostener. Por ejemplo, una persona a la que le diagnostican Alzheimer, en sus etapas iniciales, puede establecer quién va a tomar las decisiones imprevistas cuando ya no pueda tomarlas. También se pueden anticipar decisiones como que no quiere ir a un geriátrico y que prefiere cuidadoras domiciliarias o todo lo contrario”, señala.

Dónde vivir, otro aspecto que se redefine

La decisión de la persona de dejar explicitado dónde quiere vivir sus últimos años o en qué tipo de vivienda también es fundamental. Las residencias geriátricas tienden a ser indicadas hoy casi exclusivamente para personas que no son autoválidas y requieren una atención 24/7. Para los mayores que tienen cierta autonomía pero ya no pueden vivir solos, prolifera el modelo de residencias con propuestas que apuntan a mantener la actividad corporal y cognitiva, además de contar con espacios de recreación. Gana terreno también el formato de departamentos asistidos, con servicio médico las 24 horas, pero en los que los adultos mantienen su independencia; pueden salir y entrar cuando quieran. En el abanico aparecen opciones de lujo, como las que ofrecen salones de belleza y spa. Según describen sus dueños, muchas veces son los mismos adultos mayores los que deciden vender sus propiedades para mudarse allí y tomar un alquiler que financiarán los próximos años con el dinero obtenido por la operación. Lugares como Senior Home o We Care, en los que suele haber lista de espera, exhiben los valores más altos del mercado y funcionan como un cohousing para adultos mayores. Hay países en los que la legislación permite a las personas entregar sus casas a cambio de un lugar en este tipo de viviendas. Es el caso de Estados Unidos, por ejemplo, y de Uruguay, como referencia más cercana, entre otros.

 

“Existe poca legislación en la Argentina sobre viviendas compartidas o asistidas para adultos mayores. Todavía las leyes son bastante restrictivas y poco ágiles”, apunta Jonathan Cohen, licenciado en Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la Universidad de Buenos Aires, subdirector del Hogar LeDor VaDor, donde funciona una residencia para adultos que se llama Bait. “La nueva longevidad exige que pensemos las nuevas realidades desde otras miradas. Hoy, muchas empresas están cambiando su foco sobre el impacto de la longevidad. Algunas están empezando a ofrecer, como estrategia para retener talento, la posibilidad de contar con asesoría sobre cómo resolver cuestiones cotidianas de cuidado con el adulto mayor a cargo del empleado y ya no tanto un pase para un gimnasio o el pago de guarderías, ante la baja de la natalidad”, apunta Cohen.

Pilar tiene 69 años y, como es contadora, se encarga del presupuesto para el cuidado de su madre, de 95 años. Es uno de sus roles en la distribución de tareas con sus hermanos. “Somos seis, dos nos ocupamos siempre, dos viven en el exterior y dos se ocupan poco, la verdad”, describe. Su prioridad, y también el legado de su padre fallecido, es que su mamá mantenga el nivel de vida de siempre. “Ella vivía sola en un departamento en Recoleta y la mudamos a una casa en Don Torcuato, en la misma cuadra de la mía. Mi hermana también vive cerca”, dice Pilar. La venta del departamento les dejó un margen de ahorro, que son los dólares que se cambian cuando no alcanza para cubrir los gastos de su mamá, María Pía, que cobra una pensión de $2.000.000. “Uno puede pensar que es mucho, pero no. Ella tiene demencia, es dependiente. Por eso vive con dos cuidadoras, sus sueldos suman más de $2.000.000. Pagamos el sueldo un poco por encima del promedio porque queremos que la traten bien y que no falten. Si ellas están mal, todos la pasamos mal. Tienen buena voluntad. Yo les armé unos videos de YouTube de paisajes de Europa para que le muestren, la ayudan a rezar un rosario y la hacen escuchar música mientras se pone en la máquina para pedalear sentada. Si no le armás rutinas, mamá se queda todo el día mirando tele”, expresa. Los número abruman, pero Pilar logra una rigurosa administración. “De prepaga, son $820.000 mensuales. Le tramitamos el Certificado Único de Discapacidad (CUD) por su demencia y logramos que la obra social nos reintegre $400.000 por una cuidadora y nos dé los pañales, pero siempre van debiendo dos meses. Entre la jubilación, la pensión y los ahorros, más las coberturas, llegamos a cubrir los gastos…Lo bueno es que existen esos ahorros, si no sería muy difícil”, admite Pilar. La herencia no es un tema para ella. “Nos quedará la casa, o no. Lo que nos importa es que esos recursos se usen para que ella esté bien. Hay una obsesión por alargar la vida, yo no quiero vivir tanto, quiero vivir bien. Si puedo, en un complejo con otras amigas con las que jugar a las cartas. A veces me pregunto si mis hijos me van a cuidar y a dedicar tantas horas como dedicamos nosotras a mamá. Y me parece que no…”, plantea.

“Me hace mal que mi hija se tenga que esforzar tanto”

Claro que no siempre los adultos mayores llegan con ahorros y son los hijos los que deben afrontar los gastos. Es un aspecto que preocupa a la generación de los +50, hombres y mujeres que se hacen cargo emocional y económicamente de sus propias familias y de sus padres. «Casi la mitad de mi sueldo se va en pagos vinculados con mi mamá, que tiene una pésima jubilación, pese a haber trabajado toda su vida”, dice Carola B. Entre la empleada que vive con ella, la prepaga, los gastos en traslados en autos de aplicación, los servicios, los remedios y el supermercado, no gastamos menos de $4.000.000”, precisa. Gloria agradece, pero sufre. “Me hace mal que mi hija se tenga que esforzar tanto. Pienso que tengo derecho a pasar mis últimos años sin limitaciones económicas, pero no me siento con derecho a que ella tenga que darme dinero todos los meses porque sé que se ajusta en sus propios gastos para que yo viva bien”, expresa. Los dilemas se multiplican y afectan a todos los actores de esta nueva configuración familiar.

 

«La realidad de los adultos mayores en esta etapa de la vida amplifica las diferencias sociales. Pero también tiene que ver con el estilo de gestión y planificación de esta etapa. No es lo mismo llegar con ahorros o con una propiedad que sin. Vemos que en los sectores más desfavorecidos, la incorporación del adulto mayor a la familia se vuelve una estrategia de supervivencia y es en la mayoría de los casos la familia la que se muda a la casa del adulto mayor. Y vemos que su jubilación pasa a ser parte de esa economía. Y es allí donde sus necesidades de salud y de bienestar se postergan. En la balanza, entre las necesidades de los hijos y las de los abuelos, pierden los abuelos”, sostiene Solange Rodríguez Espínola, investigadora del Observatorio de Adultos Mayores de la Universidad Católica Argentina (UCA) y magíster en psicología. La experta pone en contexto la problemática en las distintas realidades económicas. “Los sectores más acomodados suelen llegar con mayor nivel de previsión o recursos a esta etapa, y eso facilita algunas cosas para los hijos, que actúan como administradores. Pero no es la realidad de la mayoría. En el medio, nos encontramos con una amplia clase media e incluso clases medias profesionales que no logran cubrir con sus ingresos los gastos que tienen al sostener a sus padres. Acá hay una diferencia entre los adultos de clase media que tienen casa propia o que pagaron siempre una prepaga. Pensemos que los últimos números hablan de que la canasta básica del adulto mayor es de $1.500.000. Y esto no incluye alquiler, ni pago de un geriátrico o de un sistema de cuidadores. El mayor gasto viene de los medicamentos, muy poco representa la comida y la vestimenta”, apunta Rodríguez Espínola. “Esta situación genera mucha angustia dentro de las familias que, además, cada vez son más pequeñas en términos de hijos. Es decir que las cuentas se dividen entre menos. Hoy hay una enorme brecha entre los salarios, incluso profesionales, y los gastos que demanda esta etapa. Ahí, se hacen evidentes los recursos no económicos que tiene cada familia. Los que tienen más posibilidades empiezan a gestionar y a descubrir caminos alternativos, como los amparos de salud para que la prepaga no aumente, cubra un tratamiento o les dé los pañales”, plantea. La especialista pone el acento en la red de apoyo que se puede construir para tener herramientas ante la diversidad de gastos. “En la clase media, los vínculos con otros que ya pasaron por esa experiencia y le encontraron la vuelta marca la diferencia. Muchos se enteran así que si el adulto mayor tiene un Certificado Único de Discapacidad, la prepaga o la obra social debe cubrir el geriátrico o las cuidadoras, entre otras cosas. Una gran deuda es que esta información no está disponible ni accesible. Son como puertas ocultas y no debería ser así”, cierra.

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